Solo quedaba por resolver un pequeño detalle:
el diez por ciento del suministro total del dinero aún circulaba en
forma de billetes y monedas, que los ciudadanos utilizaban para pequeñas
compras. Había que suprimirlo para transformar definitivamente todo el
dinero en un simple juego de anotaciones creadas y borradas por los
orfebres. El creativo Rufus y sus eternos socios
diseñaron y presentaron otra innovación: una pequeña tarjeta plástica
con los datos de la persona, su fotografía y un número de identificación
que podía conectarse con una computadora central donde se registraban
las cuentas de todos los usuarios. La tarjeta de crédito era la solución
final para abandonar la moneda en efectivo (y de paso, aumentar el
control sobre los ciudadanos), ya que los comerciantes aceptarían el
pago de sus productos con ella al eliminar la molestia de almacenar y
custodiar dinero físico. La tarjeta fue recibida con gran éxito por una
sociedad adicta a las novedades. Después de esto, los orfebres
celebraron una reunión extraordinaria que llegó a las siguientes
conclusiones:
- Las empresas que controlaban (en casi todos los sectores) eran cada vez más grandes, pues crecían engullendo a otras y expulsando a las más débiles del mercado. Pronto existiría un monopolio de facto que llevaría a todo el mundo a trabajar para ellos de una u otra forma.
- El Gobierno estaba en sus manos, fuese cual fuese el partido político que llegara al poder, pues todos les habían solicitado préstamos para organizarse y pagar sus campañas y mítines. Además, todas las formaciones políticas estaban infiltradas por agentes orfebres.
- La opinión pública nunca los criticaría gracias a la abnegada labor de los medios de comunicación que poseían y que se encargarían de repetir una y otra vez los mensajes favorables a sus planes, silenciando los contrarios.
- Era cuestión de tiempo que todos los ciudadanos usaran sus tarjetas de plástico y abandonaran el dinero físico para siempre y, con él, la esperanza de al menos ralentizar el proceso.
Uno de los orfebres advirtió que las tarjetas
podían perderse o estropearse, pero Rufus, siempre por delante, anunció
su última idea: ya estaba redactando una nueva ley que aprobaría en el
futuro el gobierno y que obligaría a que todas y cada una de las
personas grabaran un número personal e intransferible sobre su propia
piel o quizá insertado en alguna pequeña maravilla científica, un chip
por ejemplo, que pudiera implantarse en el interior del cuerpo y ser
leído desde fuera con la maquina adecuada. Este método permitiría
prescindir de las tarjetas y tener a cada ciudadano bajo estricto
control (hay una piedrita que habla de esto). Contentos, los orfebres se pusieron en pie
para brindar por su éxito. Un éxito que sería completo una vez
consiguieran extender al resto del mundo el sistema que habían impuesto a
buena parte de él. Si otras culturas no querían compartirlo,
simplemente arreglarían las cosas para destruirlas forzando diversos
conflictos bélicos de diversa intensidad. Ahora estaban convencidos de
que el triunfo final sería suyo...
Y todo solo por unas 5 monedas que nunca existieron...

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