La insatisfacción creciente generó un
movimiento ciudadano que creó un grupo de personas dispuestas a llegar
al poder y cambiar las cosas. Lo llamaron “partido politico” y pidieron
el apoyo de los ciudadanos para sustituir al gobierno vigente y arreglar
la situación. Otras personas siguieron el ejemplo y fundaron nuevos
partidos con propuestas distintas y el mismo objetivo, solicitando
también el favor social. Hubo que convocar elecciones y, en efecto, los
gobiernos tradicionales desaparecieron y fueron relevados por nuevos y
carismáticos líderes. Pero las cosas mejoraron muy poco porque Rufus
y sus socios seguían siendo los mismos: nadie había planteado
sustituirlos y lo cierto es que solo aceptaban el relevo de personas muy
próximas y formadas directamente por ellos para mantener el sistema tal
cual. Además habían infiltrado a algunos de sus mas fieles siervos en
todos los partidos políticos para tomar las riendas desde dentro.
Estaban ya demasiado cerca de su objetivo de control completo de la
sociedad para dejarse apartar a estas alturas.
A través de sus instituciones legales poseían,
directamente o a través de intermediarios, una parte importantísima de
la riqueza real existente. Sin embargo, trabajaban ya contra reloj:
empezaba a haber demasiada gente perjudicada por el sistema y era
preciso silenciar sus quejas antes de que algún disidente tuviera mayor
fortuna que sus predecesores y encontrara la forma de desmontar
públicamente el gran tinglado.
Para acallar a sus críticos utilizaban las
presiones financieras (todo el mundo necesita dinero para comer) y, en
ocasiones puntuales, habían llegado a emplear métodos más brutales, pero
necesitaban algo más. Así que Rufus y sus amigos fundaron o compraron
los principales medios de comunicación (de todas las ideologías:
izquierda, centro y derecha, para hacer llegar a todo el mundo su visión
dirigida de la realidad) y luego seleccionaron con mucho cuidado a sus
responsables para que fueran capaces de orientar a la opinión pública en
la dirección deseada o bien para entretenerla con cuestiones sin
importancia mientras ocultaban las informaciones decisivas. La mayoría
de los profesionales que trabajaban en el sector no eran conscientes de
hasta que punto eran manipulados por sus propios jefes. Los que se
dieron cuenta callaron por temor a perder su trabajo en un sector en el
que primaba una extraña y anómala precariedad laboral en comparación con
otras profesiones. Lo cierto es que ayudaron a que la sociedad entera
girara alrededor de Rufus y sus socios, que cada día controlaban más
empresas en general y más ciudadanos en particular, incluyendo entre
estos últimos a políticos, jueces, cientificos… e incluso a poderosos
jefes de bandas criminales, pues sabían que las personas son muy
frágiles cuando se pone la suficiente cantidad de billetes sobre la mesa
(¿oro? ¿quién se acordaba a estas alturas de las monedas de oro?) o
mediante becas, grupos de estudio, fundaciones, organizaciones sociales y
otros proyectos de apariencia benéfica.
Todos trabajaban, queriéndolo o no, para
mantener el sistema y para mantener la versión de que el sistema
funcionaba a la perfección. Y si había disfunciones o errores, desde
luego no se les podía achacar a los orfebres, que eran los que más duro
trabajaban en beneficio de la sociedad entera, y por ello merecían todo
tipo de honores, privilegios y galardones. La última fase era la toma definitiva del
poder. Rufus y sus socios poseían numerosas oficinas de préstamos,
algunas de las cuales competían entre sí de puertas para afuera, aunque
en realidad y desde que firmaran su alianza secreta, todos la habían
mantenido fielmente. Existía, además, un severo protocolo para hundir de
inmediato a quien la traicionara o para quitar de en medio a cualquier
advenedizo que pudiera introducirse en la organización.
El poder acumulado era tan inmenso que había
llegado el momento de evitar tentaciones, y para ello diseñaron una
nueva institución monetaria a la que llamaron Centro de Reserva o Banco
Central del Continente, cuya función externa sería garantizar la
estabilidad definitiva del sistema regulando el suministro de del dinero
a través del control gubernamental. De esta forma, los gobiernos
dejarían de relacionarse técnicamente con los orfebres: se entenderían
con este aséptico centro a la hora de pedir sus prestamos, ofreciendo
como garantía los impuestos de años sucesivos o los bienes que le
quedaran al Estado. Los ciudadanos pensaron que el Centro de
Reserva era una institución gubernamental (y a partir de entonces ya no
quedó duda alguna a la hora de relacionar el manejo del dinero con sus
gobiernos), aunque en su anónima junta directiva sólo se sentaban…
Orfebres. Con su constitución se garantizaba en todo caso que el
gobierno comería ya para siempre de manos de Rufus y los demás porque
era imposible detener ya el volumen de sus préstamos e intereses sin
colapsar la sociedad entera.



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